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¿Cómo resistir a la violencia sociopolítica en Centroamérica?

  • Foto del escritor: Aluna Acompañamiento Psicosocial, A.C.
    Aluna Acompañamiento Psicosocial, A.C.
  • hace 15 horas
  • 6 Min. de lectura

Clemencia Correa. Poder resistir implica situarnos. Es decir, para resistir ante la violencia sociopolítica son necesarios, en primer lugar, los análisis permanentes para la comprensión de todo tipo de violencia, así como de los actores que la ejercen. No es lo mismo hablar de una dictadura que de un régimen autoritario o incluso de un poder elegido popularmente pero que se está enfrentando a un poder fáctico. Si bien en todos hay procesos represivos, es importante caracterizar, analizar de qué manera cada Estado lo está haciendo.


En segundo lugar, conocer las estrategias que implementan los actores y las intencionalidades cuando ejercen la violencia; esto nos permitirá saber a qué nos enfrentamos.


Si bien podemos decir que el terror es un mecanismo de control social ejercido en Centroamérica y que poco a poco está acorralando a las organizaciones, a comunidades y a la sociedad en general, es importante comprender la dinámica del terror, diferenciarlo del miedo (este miedo como un mecanismo también de defensa) para que no nos paralice.


Pero también es importante el reconocimiento de los impactos psicosociales a nivel personal, familiar, comunitario y social. Si no los vemos, si no los nombramos, no existen y, si no existen, cómo afrontarlos. Fortalecer los mecanismos de afrontamiento permite ir construyendo estrategias a corto, mediano y largo plazo para ir creando procesos de resistencia.


En Nicaragua existe un continuum de violencia: desapariciones forzadas, torturas psicológicas, hasta procesos de exilio y, no menor, el destierro y los procesos de apátrida de facto, que sólo se habían dado en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial. Reconocer lo que significan los procesos de apátrida nos permite dimensionar hasta dónde están llegando estos regímenes de terror.


Es importante mirar también que el exilio, como mecanismo de represión pero también de resistencia, está generando múltiples impactos, entre los más importantes están las múltiples pérdidas de los seres queridos y de las redes sociales, la ruptura del proyecto de vida, la salida de los territorios, el despojo, incluso la pérdida de la nacionalidad, el no lugar, la no identidad; enfrentando condiciones de precariedad y hambre, así como la xenofobia que, en algunos casos, lleva a enfocar las energías en la sobrevivencia, a pesar de la solidaridad que puede haber en algunos casos.


En El Salvador rápidamente se viene desarrollado un proceso de represión, de control. Sin embargo, quiero nombrar lo que está significando el confinamiento en estas cárceles de terror, el CECOT (El Centro de Confinamiento del Terrorismo), que se ha convertido en un símbolo público de tortura. Creo que es muy importante entender el mecanismo de las narrativas públicas, de la comunicación. Hoy en día la tortura se televisa, se muestra a estas personas presas, se les muestra totalmente en condiciones de vulnerabilidad. Esto no es cualquier cosa.


La guerra psicológica está detrás de todos estos mecanismos de represión. La psicología ha sido utilizada obviamente para fortalecer a las personas, pero también para matarlas, asesinarlas. Detrás de cada hecho de tortura, de desaparición, existe todo un estudio psicológico para que sea efectivo.


En muchos de los casos está también el castigo como una forma de control asociada a la venganza: el que no está con el régimen es un enemigo. En Nicaragua se ha castigado a quienes estuvieron con la lucha sandinista o cerca de ella, a los del pasado, a los que hoy no están con el régimen o son críticos, incluyendo a activistas, incluso a familiares de las víctimas o a quienes son o han sido solidarios con ellas. También castigan al futuro, a las nuevas generaciones: las represiones a los jóvenes en las protestas y quitarles la posibilidad de estudio, estudiantes universitarios son prueba de ello.


Así también, en el caso de El Salvador, se ha castigado a quienes no están con la ideología. Múltiples detenciones arbitrarias, pero ahora también, no es nada menor lo que está sucediendo a los niños en las escuelas, las leyes puestas para castigar a los niños y a las familias que no cumplan con la moral en El Salvador.


Son castigos ejemplarizantes para que las personas, familias y organizaciones estén cada vez más restringidas en su accionar en la vida cotidiana, incluso para que quienes se encuentran en el exilio estén con el temor de que una acción suya puede repercutir en la familia o amigos que todavía están en Nicaragua.


Múltiples formas de tortura, física, psicológica, pero también espiritual y simbólica, cuya intención no sólo es la obtención de información, sino el sometimiento, la desestructuración de la personalidad y afectar la dignidad. En el caso de la tortura sexual como método de tortura, se trata de una forma de sometimiento extremo en el seno de nuestra cultura machista que reafirma las relaciones de poder y el dominio masculino.


La tortura y la tortura sexual constituyen vivencias dolorosas y traumáticas con una dimensión muchas veces inenarrable: las palabras existentes no alcanzan a nombrar lo vivido. Las mujeres sobrevivientes, pero también los hombres, se enfrentan al dilema entre tratar de olvidar la experiencia de la tortura para evitar el sufrimiento o recuperar su proyecto de vida. Sin embargo, esto no es posible debido a las secuelas que se manifiestan una y otra vez, que irrumpen en su vida cotidiana, como el estado de alerta, el miedo, el insomnio, el aislamiento y a veces el desinterés por las actividades que antes eran significativas. El sello en el cuerpo, la suciedad, la somatización, el autocastigo, el aislamiento.


Aludo a un testimonio de los que me encontré en el Tribunal de Conciencia de Nicaragua porque no es solamente esta mujer, me he dado cuenta que muchas mujeres lo hemos vivido en algún momento. El testimonio es de una mujer nicaragüense:


“Había quedado conmigo misma que no iba a resolver estos recuerdos. En mi mente yo tengo una cajita donde había depositado estos recuerdos y había tirado lejos esa cajita para no abrirla y sentirme peor de lo que ya me siento. Ya después me di cuenta que, aunque esa cajita está lejos, las repercusiones sobre mí todavía siguen. Todavía sigo a veces con insomnio, todavía me cuesta a veces levantarme de la cama, mirarme al espejo y aceptar muchas cosas de mí que todavía no deberían ser como yo era antes. Mi imagen corporal, mi apuesta política y mi aprecio a veces tiemblan y a veces cambian”.


El poder crea un círculo de terror, destrucción de la vida cotidiana, de silencio, impunidad y mentira. Por ello, para fortalecer procesos de resistencia también es importante abordar los daños profundos y esto implica tiempo, espacios seguros, procesos para poder elaborar las experiencias dolorosas.


En las personas que hemos sido exiliadas implica un proceso emocional y político complejo, en la paradoja del deseo estar allá pero aquí también. Y esto nos implica a veces cuestionarse y construir unos vínculos tan profundos que nos daría miedo perder el vínculo con nuestra propia tierra.


Los impactos en el exilio también tienen que ver con los duelos. En los regímenes autoritarios tienes a veces que quedarte en silencio y por eso la elaboración de los duelos es también tan importante. Crear ceremonia, crear símbolos, nombrar, darle un lugar a aquello que se ha perdido, nombrar a quienes ya no están, la memoria, recordar quiénes eran, cuál es su pasado y quiénes siguen siendo en nuestras vidas profundas.


Fortalecer procesos colectivos con la creación de espacios de confianza y de aceptación permite ir creando vínculos de seguridad. El grupo puede ser un recurso para favorecer procesos ideológicos sólo si tenemos la posibilidad de construir proyectos políticos y de futuro.


Cuidar los procesos de denuncia por el riesgo de denunciar a los victimarios y la estigmatización que pueden generar más daño. Pensar cuáles son las condiciones necesarias para denunciar, condiciones políticas, psicoemocionales y de seguridad.


Los procesos de resistencia implican mirar que a las dictaduras y los regímenes autoritarios les gusta generar desgaste: una emergencia, otra emergencia, otra emergencia, y no podemos construir procesos a mediano y largo plazo. Creo que de los retos más importantes es cómo atendemos emergencias, pero también apostamos a procesos de mediano y largo plazo.


Finalmente diría que, de manera transversal, es cómo ir construyendo la verdad y la memoria. Quiero citar una frase de Hannah Arendt: "Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada. Un pueblo que ya no puede distinguir entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal. Y un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar, está, sin saberlo ni quererlo, completamente sometido al imperio de la mentira”. Por eso, exigir la verdad, buscar procesos de verdad y memoria, son tan importantes aún en el exilio.


Para que todo esto sea posible, que sigamos hablando, necesitamos condiciones de seguridad, de protección. Si no somos conscientes del nivel de inteligencia que tienen estos actores, estamos regalando nuestras vidas. Hacer procesos de resistencia permite la prevención antes de tener que salir de los territorios, pero también crear procesos de seguridad y protección en el exilio.


Se vale llorar y también reír. Se vale ser más humano que nunca. El reto más grande es no perder la humanidad.



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