Claves psicosociales frente a los duelos en el régimen nicaragüense
- Aluna Acompañamiento Psicosocial, A.C.
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Clemencia Correa / Aluna Acompañamiento Psicosocial
Es importante partir de lo que normalmente, desde la psicología, se considera como un duelo: El proceso de duelo es la respuesta emocional, psicológica y física ante la pérdida de un ser querido u objeto, una ruptura o un cambio significativo que altera la vida. Según el vínculo con lo que se pierde y las condiciones económicas y afectivas que se tienen, las personas pueden experimentar distintas fases y reacciones emocionales a lo largo de esta evolución.
Se dice que un duelo puede constar de cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Y que implica un periodo de dolor, adaptación y reajuste.
Sin embargo, en situaciones de violencia sociopolítica, el duelo es un proceso mucho más complejo y prolongado ya que las pérdidas van desde duelos personales, familiares, colectivos, hasta sociales, que se dan por la acumulación de hechos de violencia que se superponen en el tiempo y que conllevan la necesidad de adaptarse a un nuevo estado de vida.
En el marco del régimen nicaragüense de Ortega-Murillo, se presentan múltiples duelos generados por diversos eventos represivos contra la población: detenciones arbitrarias, asesinatos, amenazas que obligan a personas o familias a salir del país. Estas agresiones implican la pérdida de los seres queridos, los proyectos de vida, el territorio e incluso la nacionalidad hasta ser apátrida en el exilio.
Vale la pena decir que esta violencia no es sólo de las últimas dos décadas pues Nicaragua ya había pasado por dictaduras que dejaron una memoria social del daño causado, el cual no fue elaborado por la mayoría de personas y colectivos.
La violencia sociopolítica se caracteriza por su intensidad y poder destructivo que rebasan al sujeto, hasta dañar los mecanismos físicos y psíquicos que habitualmente le brindan resistencia y protección. Desde el lenguaje médico y psicológico, a este daño se le llama trauma y es por ello que a las estrategias de violencia política y represión se les considera «situaciones traumáticas» o «situaciones límite» .
Dada la magnitud de las afectaciones en Nicaragua, desde Aluna retomamos el concepto de “trauma psicosocial” desarrollado por el psicólogo Ignacio Martín-Baró, que refiere un daño infligido a una persona a partir de una circunstancia violenta, cuyas causas y consecuencias se sitúan no sólo a nivel personal, sino también colectivo y social; “alude a la afectación de una población en su conjunto y a la relación dialéctica que existe entre las respuestas que se dan entre individuo y sociedad”.
En este escenario del trauma psicosocial, los duelos tienden a estar en silencio por temor a nuevos procesos represivos. A veces incluso no se llora para que el daño causado no sea visible. Comúnmente no hay condiciones para acompañar o ser acompañado. Las estructuras que pueden sostener están resquebrajadas debido a que en estas pérdidas se rompen los vínculos de confianza, emocionales, sociales y políticos que dan sustento a la cohesión.
Los sucesos traumáticos continuos pueden llevar al extremo de insensibilizar a la población o, contrario a ello, a que las situaciones se sientan con mucha más intensidad. Además, hay agotamiento a causa de los impactos repetidos, de los espacios silenciados, a veces de la frustración e incertidumbre por no ver salidas a corto plazo.
El miedo es uno de los sentimientos más complejos que se experimentan en los contextos de violencia política. Si bien es un sentimiento positivo, en tanto previene y alerta, también puede ser negativo porque tiende a paralizar y aislar a las personas. En los casos de represión, el miedo suele producirse, inicialmente, por el acto mismo de la violación a los derechos humanos. Generalmente éste se extiende y se profundiza a todas las esferas de la vida como consecuencia de la impunidad y la persecución que sufren las víctimas durante el proceso de búsqueda de justicia.
La crueldad, el horror y la impunidad causan ruptura de los tejidos, de los vínculos, de los afectos. Se trata de la peor pérdida pues es tocar la humanidad.
Por todo lo anterior una de las apuestas más importantes en los procesos de duelo es reestructurar lo que ha sido roto, abordar los impactos para minimizar el dolor, afrontar el miedo y poder continuar retejiendo la vida.
Algunas claves para fortalecer los afrontamientos
Prefiero no hablar de resiliencia pues es un término que concentra la responsabilidad de afrontar el daño en las personas, a nivel individual, y no en la comprensión de las causas (en este caso, la represión del régimen de Ortega-Murillo) ni en las respuestas colectivas.
Desde el enfoque psicosocial de Aluna, preferimos referirnos a los procesos de afrontamiento, de elaboración, de resignificación, los cuales permiten ir fortaleciendo, en el tiempo y a nivel personal y colectivo, los impactos psicosociales.
Hablar de los duelos implica abordar la diversidad de procesos de elaboración y tomar en cuenta tiempos, ritmos y espacios diferenciados. Pasa por la creación permanentemente condiciones de respeto y aceptación. Para poder llorar y compartir experiencias es necesario construir espacios seguros, incluso sostener las condiciones económicas mínimas, pues no es lo mismo la priorización de la elaboración de los duelos para quienes tienen asegurada su sobrevivencia que para quienes no.
Es fundamental politizar las emociones pues si bien cada pérdida se vive en el cuerpo individual, la represión tiene la intencionalidad de causar un daño colectivo. Trabajar las pérdidas de manera grupal, cuando es posible, permitirá comprender que no es sólo un dolor personal sino colectivo, y así se puede ser acompañado en solidaridad.
Cuando se pierde a amistades y/o familiares, ya sea porque fueron asesinados o murieron por enfermedades en el proceso del exilio, es importante darles un lugar en lo privado y, de ser posible, también en lo público. Igual de importante es crear espacios para nombrar a quienes ya no están y recordar quiénes eran, así como sus luchas y sus aportes. Los diversos rituales o ceremonias (dependiendo las creencias), permiten nombrar, salir de sí mismo, compartir con otros y resignificar el vacío de la pérdida.
El régimen ha querido despojar no sólo la territorialidad y los proyectos políticos, sino también la simbología que da sentido a la vida. Dar un lugar a lo que por ahora no está; comprender la diferencia entre lo que se perdió definitivamente y aquello que se puede recuperar o resignificar, para así poder ver lo que sí se tiene y lo que es posible todavía.
Por eso los procesos de memoria permiten traer el pasado y retomar el presente para no perder la posibilidad de un futuro. La memoria no sólo de los que ya no están, sino de los símbolos, la cultura, la fiesta. La fiesta no se quedó en Nicaragua, se lleva en los recuerdos y es posible ponerla a bailar.
El exilio es un proceso complejo emocionalmente: se está en Nicaragua y a la vez en otro país que se intenta sea el propio. Entonces se presenta la paradoja entre el deseo por el lugar que se quedó atrás y la realidad del nuevo lugar de acogida ¿Cómo ir rehaciendo un proyecto que dé sentido? No será igual, pero puede ser gracias a quienes llegaron antes, a quienes comparten el dolor, a quienes apuestan por una vida digna.
Rehacer los vínculos rotos (los que sean posibles) en la familia, en los colectivos; recuperar la confianza para poder reconstruir. Las diásporas que se van agrupando en cada país, la acogida en el lugar de llegada, la solidaridad de latinoamericanos y de otras personas en muchas partes del mundo, son el soporte para afrontar las condiciones económicas, la incertidumbre y el dolor.
Ana Arendt enfatizó que la verdadera humanidad surge cuando los individuos asumen la responsabilidad de pensar y actuar colectivamente, evitando convertirse en simples engranajes de un sistema. Y eso, precisamente, es lo que están permitiendo las diásporas que se van hilando en diversos países.
Permitirse aceptar que duele, llorar, reconocerse sensible, reconocerse humano. Es una parte que el régimen ha pretendido quitar, pero dolerse por las pérdidas no es dejar de resistir, al contrario, es permitirse ser consecuente.
Otra pérdida más invisible es la Verdad, la verdad de los hechos. Por eso, seguir luchando para visibilizar lo que ha sucedido es imprescindible. Contrarrestar la mentira de forma creativa. No dejar de narrar lo que pasó, lo que sigue pasando, sin revictimizar.
El duelo transgeneracional se presenta cuando la violencia tiene efectos en las generaciones posteriores, afectando las relaciones entre los mayores y los jóvenes y niños, y creando silencios que se transmiten. Entonces, cómo dialogar entre abuelos, padres e hijos para compartir lo vivido; crear los puentes de la historia para comprender la violencia, para no repetirla.
Finalmente, decir que aún los procesos de duelo deben verse en el marco del riesgo continuo adentro y afuera de Nicaragua porque el régimen intentará seguir causando daño. Así, todo lo que se pueda hacer o rehacer tendrá un hilo transversal de protección. Pero no por ello dejar de hacer; sólo saber hacerlo desde la conciencia del lugar que se ocupa en el contexto. El silencio será a veces un aliado, pero que no siempre calle las voces de la existencia.
Quiero finalizar con una frase de Eduardo Galeano: “El exilio me ha enseñado nuevas humildades y paciencias. Creo que el exilio es un desexilio, una forma de romper la cáscara del huevo para empezar a mirar el mundo con otros ojos”.





















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