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Bordar la vida en una zona de conflicto armado

Sostienen la vida afianzadas en su comunidad. La esperanza la colocan en hilos de colores que van bordando sustento, identidad y fuerza. Son mujeres del municipio de Aldama, zona tsotsil de los Altos de Chiapas. Ellas afrontan, desde hace al menos cinco años, estrategias de violencia y terror con las que pretenden arrebatarles sus tierras y el control territorial por intereses que apuntan al crimen organizado que va ganando terreno en esta parte del país.



El desplazamiento y sus impactos


Algunas familias ya dejaron sus hogares de manera permanente porque aún cuando el Estado mexicano ha organizado eventos para la firma de acuerdos de pacificación entre pobladores de ambos municipios, ha acordado la compra de nuevas tierras y ha implementado recorridos de cuerpos de seguridad militarizados, la situación de acoso y agresiones armadas no ha cambiado.


De acuerdo al análisis de Clemencia Correa, directora de ALUNA, centro de acompañamiento psicosocial, en esta crisis que vive la población de Aldama hay “una guerra distinta, como muy a la distancia, donde no ves de cerca al enemigo”. Distingue en la región rasgos de violencia sociopolítica, donde quienes la ejercen son actores no estatales como los grupos paramilitares y los del crimen organizado, que sirven para controlar a la población e imponer intereses de diverso tipo. Con esta estrategia, “se quiere generar terror y control. El terror se impone desde muchas maneras como un mecanismo de control social donde también crea confusión. La confusión de no saber ni quién disparó, ni la hora, ni el momento, ni el lugar a donde va a suceder”, señala la experta en acompañamiento psicosocial.


Además, la posible explicación de que el origen es una disputa por tierras “ya no satisface” porque no da respuestas a, por ejemplo, la cantidad que se invierte en armamento y balas en comparación con el costo de la tierra, a los acuerdos de paz que no se respetan o a los recorridos de vigilancia militarizados que no funcionan. Es ahí cuando llega la incertidumbre, asegura.

“¿Qué genera eso a nivel psico-emocional y psicosocial? A nivel psicológico crea un nivel de confusión, miedo y ansiedad, donde no sabes cómo actuar, contra quién actuar, contra quién defenderse. Cuando no hay una claridad de quién lo hace y por qué lo hace, el nivel de confusión es mayor y la posibilidad de defenderse es menor”, señala.

Correa recoge la tesis del filósofo y psicólogo Ignacio Martín Baró, quien creó el concepto de trauma psicosocial como resultado de vivir en esas situaciones de violencia que “producen daño colectivo y que no solamente es individual, sino social, inmerso en la lógica de romper y desestructurar el tejido social”. La incertidumbre que viene de no saber en qué momento te van a disparar, desde dónde, el que no funcionen los pactos y acuerdos, lleva a la comunidad a perder algo de control.

“Si te acuestas con el temor de cuándo va a pasar los tiros, te levantas pensando en que pasó en los hijos, qué vamos a comer, a dónde vamos a ir, hace que tu percepción del mundo se vaya cerrando, dejando básicamente a un espacio para sobrevivir”.

Explica que son daños semejantes a los que deja una guerra formal: diseminación social del miedo y del terror, temor por la vida y la integridad personal y familiar, aumento de la viudez y orfandad, estado de alerta constante, desconfianza, ruptura del tejido social, pérdida de las condiciones básicas de vida, en síntesis, afectaciones corporales, emocionales, familiares, organizativas y comunitarias.


Sin embargo, es también cuando detonan los espacios creativos que llevan a la resignificación de la experiencia, a la recuperación de la memoria colectiva y a recordar cómo solucionan problemáticas semejantes en algún momento de su historia. Es entonces cuando pasan del susto a la defensa, refiere Clemencia Correa, quien ha trabajado con decenas de comunidades, colectivos y personas en situación de violencia sociopolítica.



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