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  • La Jornada

Atención emocional inadecuada a familiares de desaparecidos también afecta a la sociedad



Pese a los graves daños sicológicos que padecen familiares, amigos y compañeros de las personas desaparecidas, en México no existe un acompañamiento emocional especializado de las autoridades, lo cual va minando no sólo la vida personal de las víctimas, sino también el de una sociedad que se vuelve cada vez más desconfiada, temerosa e insensible.

Familiares, activistas y expertos hablaron con La Jornada sobre el efecto expansivo y silencioso de la violencia, frente al cual las autoridades no han sabido responder de forma adecuada, más allá de dar palmadas en la espalda a quienes han perdido a sus seres queridos, o incluso tratar de convencerlos de que se olviden de ellos.


Ya no busques, ya déjale así

Manuel Ramírez Juárez era un hombre feliz. Realizado profesionalmente como médico, había logrado dar a su esposa e hijos una vida sin lujos, pero cómoda. Todo eso cambió cuando su hija Mónica Alejandrina fue secuestrada en diciembre de 2004, y luego desaparecida por sus captores, sin que hasta el momento se haya vuelto a saber de ella.

La pérdida de un hijo es un dolor intenso, catastrófico y uno entra en una depresión profunda. Quedas en un desamparo total, en un estado de terror, de abandono, de angustia y de ansiedad constante, cuenta el hombre, quien tomó la decisión junto con su familia de irse a vivir a otro estado de la República como medida de seguridad.

La angustia de no saber de Mónica hizo que Manuel comenzara a experimentar diversos síntomas de afectación emocional, como alteraciones del sueño, la exacerbación de un tic nervioso e incluso refugiarse en el alcohol para poder tranquilizarse y dormir. A lo anterior, se le sumaron efectos físicos, como haber desarrollado diabetes e hipertensión.

Más orillado por la orden de un juez que lo mandó a evaluarse, que por gusto propio, el doctor Ramírez acudió a recibir terapias de atención sicológica en la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas y en la Secretaría de Gobernación, pero la experiencia distó mucho de ser lo que esperaba.

“Fuimos a varias sesiones pero no nos funcionaron, porque en resumen todas te dicen ‘valora lo que tienes, cuídalo, es un tesoro. Olvídate de lo que perdiste, porque se te va a ir la vida llorando y sufriendo. Ya no busques, ya déjale así’. Indirectamente nos están orillando a olvidarnos de nuestros seres queridos”, denunció. En la menos mala de sus experiencias, Manuel charló con una sicóloga que fue amable con él, aunque admitió carecer de la preparación suficiente para ayudarlo a sobrellevar su dolor, pero la figura de los terapeutas sigue sin despertarle mucha confianza.

Un ejemplo que demuestra la falta de capacitación de las autoridades al tratar con víctimas, narra, es el caso de unas personas de Guerrero a las que llevaron a reconocer a unos familiares que fueron encontrados muertos, luego de permanecer en calidad de desaparecidos.

El apoyo sicológico de las autoridades fue tomarlas de la mano, unos de un lado y otros del otro. ¿Eso para qué les sirve?, se preguntó.


Ayuda improvisada

Valentina Peralta, coordinadora de la agrupación Red Eslabones por los Derechos Humanos, ha asumido como parte de su vida cotidiana hacer el trabajo de respaldo emocional que muchas instituciones no realizan, porque cree que los desaparecidos pertenecen –y le deberían doler– a todos, no sólo a sus familias.


En México no hay un escenario de atención sicológica a las víctimas de desaparición por falta de cantidad de expertos, pero también por falta de calidad, de capacitación, y todo eso se traduce en dinero, por lo que la falta de recursos o de voluntad para dirigirlos a esta tarea vuelve a alimentar el círculo de la victimización.

Ante personas que no saben si sus familiares están vivos o muertos, y por tanto no pueden elaborar su duelo, la gran mayoría de los terapeutas de los organismos oficiales actúan desde la intuición, desde el sentido común, y todo eso los lleva a improvisar. Hay algunos que lo hacen de buena voluntad, pero de forma empírica, sin tener un abordaje especializado.

La consecuencia de ello es que “no falta el sicólogo que le dice a la víctima ‘resígnese, hágalo por sus otros hijos’, y lo harán con buenas intenciones, pero es una pendejada. Tenemos el caso de un compañero al que le dijeron ‘nada más de ver la foto de su hijo, yo sé que andaba en malos pasos’, y se lo dijo a bocajarro, porque se sienten como semidioses”.

Otro factor que no ayuda en esta labor es la sobrecarga de trabajo que padecen los terapeutas. Yo veo equipos de sicólogos muy interesados en cobijar a las víctimas, pero no saben cómo. Además, ponen a cinco de ellos a atender a mil víctimas en 10 sesiones diarias de 40 minutos. Lo peor es que no los capacitan ni actualizan.


No perder el gozo de vivir

Frente a este escenario, los familiares de personas desaparecidas han optado por crear círculos de ayuda que se convierten en auténticas familias, donde todo mundo puede entender lo que siente el otro y nadie lo va a juzgar. En las reuniones de Eslabones, señala Peralta, puedes llorar, beber, contar chistes pesadísimos, y nadie te lo va a tomar a mal. Algunas veces están cantando o bailando, y de repente se paran y se van, encabronados, porque se les había olvidado por un momento que su hijo no está, y se sienten culpables de sentir algún tipo de goce por la vida.

Clemencia Correa, directora de la asociación civil Aluna Acompañamiento Sicosocial, señala, por su parte, que la violencia se ha naturalizado a tal punto en países como México que la gente se acostumbra a vivir con ella, como un mecanismo de defensa, sin darse cuenta del daño social que genera.

Por cada persona desaparecida, afirma, hay por lo menos 15 o 20 más –entre familiares, amigos y hasta compañeros de escuela o trabajo– que se vuelven parte de una espiral de miedo y desconfianza que va generando sociedades dañadas, sin noción de colectividad.

El daño generacional no hay forma de dimensionarlo. Hay niños que ya crecen con la mentalidad de que es mejor ganarte mil pesos en una hora por matar a alguien, en vez de trabajar. Y si matas a uno, matas a 10. Cada vez conocemos a más gente que ha sufrido algún tipo de acto de violencia y el efecto expansivo es inimaginable, advierte.

Por todo ello, la especialista considera que la mejor forma de acompañar emocionalmente a las víctimas es situar su dolor en un contexto donde puedan entender qué les está generando a ellos y a sus familias, identificar qué los ayuda a afrontar ese dolor y después potenciar esos elementos, con el propósito de no perder totalmente el gozo de seguir viviendo.



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