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"Pueden cortar los árboles pero en las raíces estamos"

“Hemos aprendido a pensar siempre en los demás y uno de los retos para derrocar al patriarcado es querernos a nosotras mismas”

 

Mientras la mirada se centra en las caravanas de Honduras, una migración silenciosa, invisible, sigue saliendo de Guatemala. Yolanda Hernández y Silvia Raquec, integrantes de Pop No'j, acompañan a mujeres, niñas y niños que son deportadas desde México y los Estados Unidos. Resumen algunas de las violencias que sufren en el tránsito. Las mismas que se mencionan en otros espacios del VIII Foro Social Mundial de las Migraciones (celebrado en CDMX los días 2, 3 y 4 de noviembre) cuando se tiene en cuenta la perspectiva de género en el análisis de la movilidad.

 

Entre las más duras, la enumeración incluye la violencia sexual por parte de coyotes, crimen organizado, cuerpos policiales y, en ocasiones, los propios compañeros de tránsito: “No puedo gritar, no tengo con quién ir a quejarme porque estoy en mitad de un camino y puede que me dejen aquí. Mejor aguantarme a llegar”, dicen a Pop No'j las mujeres. A las agresiones machistas, se suman para ellas las violencias raciales: “A las chicas indígenas se les dice que se tienen que despojar de su traje para pasar desapercibidas (…) Les piden ocultar su idioma para que no se note que no son mexicanas”. Impera el silencio y la adopción de formas ‘masculinas’ como mecanismo de supervivencia: “Algunas incluso se cortan el cabello para evitar ser violadas”.

El silencio se acrecienta tras la deportación y dificulta la sanación de las violencias del tránsito.  “Sufren el estigma por parte de la familia y de la comunidad de ser una mujer ‘cualquiera’ porque fue abusada (lo haya sido o no). Conocemos casos de diabetes, de cáncer… Las mujeres deportadas indígenas no quieren hablar del tema con su familia y prefieren guardárselo. ¿Por qué no? Les preguntamos: Es que ellos se van a burlar, se van a reír, no me van a entender… Tienen una angustia que no duermen en la noche y bajan de peso. Están muriendo mujeres silenciosamente y sin nadie quien las entienda”.

 

“Las mujeres históricamente nos han hecho sumisas, calladas…”, analizan las compañeras de Pop No'j a la par que ponen sobre la mesa mecanismo de resistencia que también guardan relación con sus propias culturas.  “Las mujeres indígenas por siglos hemos resistido, siempre han querido acabar con nosotras. Todo el tema de genocidio… es una fortaleza. Eso lo traemos. Pueden cortar los árboles pero en las raíces estamos”. Son mujeres que han aprendido a sobrevivir en contextos históricamente hostiles. Una de sus medicinas comunitarias, el tejido: “es lo que les ayuda a aliviar un poquito, si quieres el mínimo grado. Yo lo llamo el medicamento de alivio.  El tejido es terapéutico. Se relajan. Tiene contacto con el hilo, con los colores, con las figuras… eso es una parte que les ayuda”. Tejer con otras espacios de confianza donde poder hablar y escucharse.

 

Compartir y resistir con otras les ha ayudado también a generar conciencia sobre el cuidado propio: “Hemos aprendido a pensar siempre en los demás y uno de los retos para derrocar al patriarcado es querernos a nosotras mismas. Empieza a despertar esa conciencia del yo interno. Creer en nosotras mismas y empezar a amarnos. Cuando tú tomas conciencia de ti misma y empiezas a despertar, te preguntas: ¿cómo es posible que ayudas y no te ayudas tu? Es un reto. Tenemos que encontrar el equilibrio”.  

 

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